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martes, 14 de junio de 2011

MIS EXPERIENCIAS EDUCATIVAS

TERROR A LA ESCUELA

A la edad de 5 años hice transición (equivalente a 1º grado del Nivel Primaria). Era hija única y por tanto engreída de mi papá, pero al entrar al aula en uniforme de faldita con tirantes, saquito y boina azul, por primera vez conocí el mundo a muy corta edad.

Los alumnos al verme tan calladita, luego que salió la profesora se pusieron a jugar con mi boina tirándose de un lado a otro hasta que lo voltearon por el revés, mientras yo llorando esperaba que llegara mi mamá. Al llegar mi mamá me recogió y en casa me consolaron por lo sucedido. Al día siguiente no quise ir a la escuela, y gracias a Dios que me enfermé. Perdí ese año, pero yo… ¡estaba feliz! aprendiendo a leer, escribir, sumar y hasta multiplicar en mi casa.  

En vacaciones mi mamá me llevó a otra escuela y en un descuido mío me dejó. Traté de adaptarme pero igualmente estaba aterrada, tanto así, que al ver a mi mamá pasar por la puerta de la escuela salí corriendo a su encuentro y no quise regresar al colegio.

Así pasaron mi primaria y secundaria, siempre en los “mejores colegios”, con todos mis útiles y sobretodo las mejores profesoras. Todavía recuerdo el rostro ceñido de la profesora Enedina, “muy buena profesora”, no puedo olvidar cuando en una oportunidad al regresar de una reunión que tuvo en la dirección, y de cómo se molestó al encontrar a las chicas saltando sobre las mesas mientras que yo sentadita y calladita las miraba silenciosamente. La profesora muy molesta comenzó a revisar las tareas y como nadie había hecho nada.Entonces, cogió su regla de madera (un metro) y nos castigó a todas en la mano. Pero eso no era nada. Peor eran los momentos en que me sacaban a leer al frente o que tenía que dar examen con jurados a la edad de 7 años. Tan, pero tan nerviosa me ponía que la voz no me salía, hablaba sin sonido, era como si perdiese la voz; así fueron pasando los años y parecía que iba perdiendo el miedo.

Al concluir mi secundaria me presenté a la Universidad San Marcos (La Decana de América) a Medicina y, como no ingresé, junté mis propinas y me presenté a la Universidad San Martín (Privada), a Educación. Al día siguiente de dar mi examen fui a ver los resultados, y tanta fue mi emoción que miraba y volvía a mirar incrédulamente la lista de ingresante. Ya de un rato mucho más tranquila pero henchida de felicidad fui a contar a mi padre acerca de mi gran noticia, pero no saben lo que pasó. Llegué contenta a mi casa y le dije a mi papá:
-          ¡Papá ingresé a la Universidad!
-          Mi papá contestó: ¡Que bien hijita!, pero… ¿a que universidad has ingresado?
-          A la Universidad San Martín – contesté.
-          ¿Qué? ¿a esa universidad? – me dijo muy molesto: ¿Y a que carrera? añadió - con cierta duda.
-          Muy contenta inocentemente respondí: A Educación
-          Mi papá estaba tan pero tan molesto que concluyó: mejor te hubieras a vender papas al mercado allí ganarías más.
Muy triste por lo sucedido conté a mi enamorado y a mi mamá y ellos si muy contentos me felicitaron.

Yo estaba muy feliz, pero cada vez que se acercaban los exámenes comenzaba a tener pesadillas . Me veía con uniforme plomo y que no podía acabar mis estudios del Nivel Secundaria, eran horrorosas y constantes esas pesadillas que me acompañaron hasta que concluí mis estudios universitarios. Gracias a Dios que ya no tengo esas pesadillas.
                Recuerdo que para que a mi papá se le pasara la cólera lo ilusioné (digo ilusioné pero realmente pensaba hacerlo),  diciéndole que en tercer ciclo me iba a cambiar de carrera, pero al llegar a tercero le dije que en quinto, y en quinto le dije que en sexto ciclo (pobre mi papá) porque en sexto ciclo conocí al que ahora es mi esposo y estando en el séptimo ciclo me casé. En el octavo ciclo llevé el curso de Educación Comparada con el Profesor Kenneth Delgado Santa Gadea,  que con su trato tan sencillo a pesar de ser un Doctor, y sus dinámicas grupales e induciéndonos  al auto – aprendizaje, nos envió a diferentes Embajadas para que veamos como era la educación en otros países. A mi me tocó averiguar y exponer sobre “La Educación en Israel”.
Yo admiraba cada día más a mi profesor, y me enamoraba cada vez más de mi profesión, porque el profesor me hacía participar en clase y facilitaba mi aprendizaje.

Es allí que al darme cuenta que estaba tan enamorada de mi carrera, y que ser maestra no tenía que ser el “cuco”, que tenía que llenar la cabeza del alumno de conocimientos, tal cual fuera una “olla”, para devolverlos igual o mejor, de lo contrario el alumno pasaba a ser castigado o desaprobado y por ende marginado por la sociedad que lo rodeaba. Por esa razón es que me decidí a ser maestra, la maestra podía ser una amiga, una madre, una médica o una psicóloga de acuerdo a la necesidad del niño o niña, porque estos vienen de mundos diferentes, con diferentes costumbres y muy ávidos de cariño y comprensión. Y, que yo podía aún en estos casos aprovechar las experiencias y habilidades que estos estudiantes trajeran y facilitar el desarrollo de competencias tanto en ellos como en sus compañeros de aula, haciendo que estos aprendizajes significativos, se conviertan en experiencias agradables.

Es así que cuando mis dos hijos contaban con tres y cuatro añitos de edad,  Gracias a Dios, al consejo de una amiga Doctora, al apoyo incondicional de mi madre, al sacrificio de mis hijos y al apoyo económico e inocencia de mi padre (que ya falleció), concluí mi carrera universitaria y empecé a trabajar.

Ahora siento que amo mucho mi carrera, siento placer de facilitar el aprendizaje a mis alumnos. Puedo estar trabajando más de 24 horas seguidas preparando mi clase o actualizándome, aunque esto me cueste el quedarme dormida al día siguiente y llegue tarde a mi centro de labores, y reciba descuento en vez de un estímulo positivo. Para mi no cuentan ni el tiempo ni el dinero que yo invierta si es para dar lo mejor a mis estudiantes, como lo da una madre a sus hijos. Ya no soy la Zambrano ni la número 47 o 48, ahora soy la profesora Hilda. Y mi mejor recompensa es cuando veo a mis ex – alumnos convertidos en profesionales excelentes, (si, porque disculpen coleguitas) pero constantemente yo les digo a mis alumnos que yo lo sacrifico todo incluso mi salud (porque aún enferma voy a trabajar) con el fin de que ellos sean lo mejor de lo mejor, se que soy ambiciosa, pero cuando veo a mis frutos es cuando mi corazón se inunda de una inmensa alegría y digo “Gracias Dios mío”, gracias porque valió la pena mis sacrificios. Me pregunto colegas creen que soy demasiado utópica por esperar frutos excelentes de la Educación?, ¿será posible que como Formadores de Formadores, lleguemos a formar “Maestros” y no simplemente profesores que luchan por el aumento (esperando la hora de salida del Director para escaparse y asimismo el Director, buscando evadir sus responsabilidades bajo el pretexto de que me voy a una reunión de Directores, y se va a su casa o que sabemos donde…

                                                                                                                                                                                  Hilda